La América Latina Eurocéntrica: El caso de Uruguay

POR cubertería MARTIN DELGADO

Hace poco vi un vídeo en Youtube sobre mi país, Uruguay. Dicho video era de una página española sobre geopolítica. Me sorprendió ver que dicho vídeo era una versión actualizada del viejo discurso de “La Suiza de América”. La “Suiza de América” es la idea de excelencia y excepcionalidad uruguaya basada en el supuesto de que el país tiene población mayoritariamente blanca, una democracia liberal estable y estabilidad política. Estos rasgos son los que marcarían la supuesta superioridad del país en comparación con el resto de América Latina. Este relato auto-complaciente, racista y clase-mediero del Uruguay viene de los principios del siglo XX. Como perteneciente a un pueblo originario, a la Nación Charrúa, y activista por el reconocimiento de los derechos de las poblaciones racializadas, me indigno mucho ver como el relato más nefasto del Uruguay se reactualiza en pleno siglo XXI. Esto me obliga a dar una serie de interpretaciones sobre lo que es la pequeña República del Cono Sur de Sudamérica.

El vídeo producido por los españoles hablaba de que el éxito del pequeño país Sudamericano era que no tenía población indígena, que la mayoría eran descendientes de españoles e italianos, tener estabilidad política (garantizada por el partido de gobierno, la coalición centro-izquierdista Frente Amplio) y que no rompió con el modelo neoliberal de las Zonas Francas. Osea, haber logrado el equilibrio entre políticas sociales de corte izquierdista y mantener una matriz económica neoliberal globalizante. Esto mismo se decía del Uruguay entre 1910 y 1955. El único país Latinoamericano que se igualaba a Europa por el hecho de haber “exterminadoa su población indígena, tener poca población afro y captar grandes contingentes de migrantes de Europa. Dicho relato tiene basa en la supuesta “superioridad racial” de las poblaciones europeas (y por lo tanto del Uruguay) en contraste con las “ignorantes” y “atrasadas” poblaciones mestizas, indígenas y afros del resto del continente. Esta limpieza étnica garantizaba el éxito de la democracia liberal uruguaya así como su estabilidad económica basada en la exportación de productos alimenticios a los países europeos beligerantes.

En dicho relato se oculta, el proceso sangriento de conformación de esa supuesta utopía liberal. A diferencia de otras regiones latinoamericanas, como México o Perú, en la región que actualmente conforma al Uruguay, no habían ni metales preciosos, ni sociedades estatales indígenas. Nuestros ancestros eran pampeanos nómadas centrados en la caza y la recolección. Más similares a los pueblos de la Llanuras Centrales de Estados Unidos que a los de los Andes. Esta realidad provocó que tras unos primeros intentos desafortunados los colonizadores europeos desistieron de la conquista de nuestro territorio. Entre 1611 y 1680, los únicos europeos que se adentraban a nuestro territorio, eran los misioneros jesuitas y franciscanos con la intención de evangelizarnos. Sin embargo a partir de 1680, con la política expansionista de Portugal, comienza una disputa inter-imperialista que determinara la colonización de nuestra región. El Imperio Español se propuso consolidar sus dominios en nuestra región para frenar a los portugueses. Es así que en nuestra región se empieza a desarrollar una política de colonización muy distinta a la del resto de América Latina. Se desarrolla una política de colonialismo de colonos o colonialismo de poblamiento. Esto significa asentar familias de origen español para que la misma gente defienda el territorio. Es así que se empiezan a fundar poblados y se empiezan a repartir tierras entre los colonos europeos. Es aquí donde nace la matriz estructural del capitalismo y la sociedad uruguaya. Dichos colonos-soldados-terratenientes iban a defender las tierras hispanas tanto de los portugueses como de nosotros, los indígenas. Al mismo tiempo van a producir productos agrícolas bajo lógicas de rentabilidad capitalista y de exportación a los grandes centros de consumo global. La combinación entre blanquitud, usos de la tierra de forma capitalista y agro-exportación serán las bases del sistema dominante.

A pesar de algunas experiencias de reforma agraria que incluía a poblaciones indígenas y afros durante las guerras de independencia, finalmente los sectores que construyen al Estado uruguayo serán las facciones conservadoras de los independentistas. Las élites que construyeron al Estado Nacional del Uruguay rápidamente establecieron nuevos lazos de dependencia económica pero con los dos imperios más importantes del momento, Inglaterra y Francia. Dichas élites se proponen construir una “Nueva Europa”. Lo que significa desarrollar un proceso de sustitución étnica de la población nacional. En el periodo de 1830 un 1835 comienza dicha política dirigida por el “Grupo de los Cinco Hermanos” (se llamaban así por haberse casado todos con las hermanas Obes) compuesto por Lucas Obes, Nicolas Herrera, José Longinos Ellauri, Santiago Vázquez, Julián Álvarez y Juan Andrés Gelly, además del sanguinario Brigadier General Frutuoso Rivera. Estos personajes desarrollaron en este periodo el Genocidio Charrúa. Una serie de matanzas y deportaciones cuyo hito fue la Matanza de Salsipuedes en 1831 y que simbolizó el ocaso de mi pueblo. También en este periodo es que se reparten las tierras que hasta hacía poco tiempo ocupaban mis antepasados. Los agraciados con tierras por el gobierno fueron algunos militares, brasileños, ingleses y vascos. Es que esa era la otra cara de la política de limpieza étnica. La incorporación de contingentes de inmigrantes principalmente provenientes del País Vasco, de Cerdeña y de Gran Bretaña.

Esta política de consolidación de la propiedad privada rural se truncó debido a las disputas políticas. El Partido Colorados (defensores de un Estado Centralista y afines al liberalismo comercial, representaban a la burguesía comercial montevideana) y el Partido Nacional (federalistas, nacionalistas y representantes de la oligarquía rural) se enfrentaron en continuas guerras civiles desde 1838 un 1875. En la década de 1860, debido a la Guerra de Secesión norteamericana y a la rebelión de los cipayos en la India, Inglaterra pierde sus núcleos de abastecimiento de algodón para su industria. Es así que Inglaterra propicia en Uruguay, Argentina y Australia el desarrollo de la industria lanar de alta calidad para abastecen a la industria textil británica. Este proceso se conoce como la “Revolución del Lanar” (Borges, L. 2013. Sangre y Barro. Ediciones de la Plaza. Montevideo). La riqueza económica propiciada por la Revolución del Lanar fortaleció los vínculos entre la oligarquía rural y la burguesía comercial. Ambos fortalecieron la idea de la necesidad de que el Estado central acabará con las rebeliones regionales.

A esto se le agrega el fortalecimiento militar del ejército nacional tras participar en la Guerra de la Triple Alianza o Guerra del Paraguay (en donde Brasil, Argentina y Uruguay se unieron, por influencia británica, para enfrentar a Paraguay, masacrando a su pueblo y acabando con la experiencia inusual de dicho país). La guerra imperialista en el Paraguay fortaleció a una élite militar que estaba dispuesta a realizar el trabajo sucio que la burguesía y la oligarquía requerían. Entre 1876 y 1890 se dieron una serie de gobiernos militares que realizaron la “Modernización” del Uruguay. Combatieron las rebeliones regionales, alambraron los campos, realojaron a la población rural en centros urbanos, construyeron el ferrocarril, se impulsó la industria de los frigoríficos y se estableció la educación gratuita y obligatoria, cuyo objetivo era “civilizar” a la población rural. La educación uruguaya está inspirada en el modelo norteamericano de la Carlisle Indian Industrial School. Según palabras del “gran pedagogo” uruguayo José Pedro Varela, el objetivo era “erradicar la herencia indígena” de la sociedad. En este periodo y en las décadas siguientes también fue cuando más inmigrantes europeos llegaron. Ahora no solo del mediterráneo sino también de Europa Central y de Europa del Este.

Después de que las Dictaduras Militares establecieron las bases del sistema, se prosiguió a gobiernos social-demócratas siendo Uruguay vanguardia en muchos derechos sociales en el continente. Eso sí, la social-democracia podía operar siempre y cuando no cuestiones los privilegios militares, de los terratenientes y de la blanquitud. Y siempre que la combinación de crisis política, económica y avance popular se desarrolla, los militar entran en escena imponiendo sus Dictaduras. Así pasó en el periodo de 1929-1933 que llevó a una Dictadura aliada a la Alemania Nazi hasta 1942, cuando por presiones de Estados Unidos se restableció la democracia liberal. Y ni hablar de la experiencia revolucionaria de los 60 que terminó con el Golpe de Estado de 1973 apoyado por los Estados Unidos y su Doctrina de Seguridad Nacional.

Entendiendo el proceso histórico del Uruguay, se puede entender como es que teniendo gobiernos progresistas desde 2005, el tema de los derechos indígenas siga siendo totalmente rezagado. El hecho de tener que realizar un mea culpa sobre las políticas genocidas históricas con nosotros los indígenas y de plantear el tema de la devolución y demarcación territorial son cuestionamientos tan fuertes que hasta la izquierda “progre” le cuesta reconocer. Es así como Uruguay tiene legalizada la marihuana, hay casamiento gay y el aborto es legal pero no se ha ratificado el Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales.

Actualmente el tema de la diversidad cultural y el combate al racismo es cada vez más relevante en el país. Esto se debe en gran parte a la presencia cada vez más grande de migrantes latinoamericanos (peruanos, paraguayos, colombianos, venezolanos, dominicanos, cubanos, salvadoreños, mexicanos), África (Senegaleses, nigerianos, Benineses, congoleños y angoleños) y de Medio Oriente (sirios, egipcios y kurdos). Sin embargo para entender las causas del racismo uruguayo hay que entender también las formas históricas en las que la sociedad dominantes ha tratado a los charrúas y a la población afro-uruguaya. Y para realizar un proceso realmente emancipador, la izquierda debe descolonizarse y empezar a cuestionar sus matrices eurocéntricas.

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