La corrupción en América Latina: Una crítica anticapitalista

POR SANDINO MORAZÁN

Si alguna vez haz leído noticias sobre América Latina, sabrás que casi siempre se alude a un aspecto de la sociedad: la corrupción.

Durante no solo décadas, sino siglos, los medios principales dominados por el Norte Global han perpetuado la idea de que la corrupción en América Latina es intrínseca a su gente. La mayoría de los políticos en la región, de acuerdo con su narrativa, son dictadores o personas que aspiran a convertirse en dictadores, que luchan por mantener su control del poder a cualquier costo.

Los medios de comunicación corporativos latinoamericanos también repiten este argumento.

Si bien esta visión refleja algunos aspectos de la realidad no explica por completo la causa raíz de la corrupción — no solo en la región, sino en todo el mundo.

La corrupción no es el producto de pensamientos malvados concebidos por individuos igualmente malvados, esta explicación es incompleta. En realidad es el producto de un sistema económico capitalista inherentemente corrupto que lleva a los individuos a actuar de maneras malvadas.

Además, la corrupción no es independiente y externa a los fundamentos del orden mundial actual. Es parte integral. Eso es porque la ganancia, el reto principal del sistema capitalista actual, se basa en la explotación de los individuos.

Para la mayoría, la sobrevivencia de uno depende completamente de su capacidad de obtener ganancias para un jefe que, a su vez, les pagará menos dinero del que merecen. Si eso no funciona, se ven obligados a actuar fuera de la ley y cometer actos de corrupción con el fin de ganar dinero para su sobrevivencia.

Para las pocas personas que pueden convertirse en jefes, la búsqueda interminable de ganancias, obligatoria para aquellos que quieren seguir siendo ricos, consume sus mentes como un virus. Intoxicado por los poderes y privilegios que acompañan a las ganancias hacen lo que sea necesario para mantener su estado material, incluso si eso significa violar la ley.

Consideren el siguiente ejemplo.

Si hay un nombre que es sinónimo de corrupción en América Latina, es Odebrecht.

Nombrado por su rico fundador Norberto Odebrecht, la empresa brasileña de construcción e ingeniería se encuentra actualmente en el centro del caso de corrupción más grande de la región.

Odebrecht está acusado de sobornar a políticos de toda América Latina para obtener permisos de trabajo en sus respectivos países. Sus líderes empresariales han sido acusados de pagar cientos de millones de dólares a las campañas de presidentes, candidatos presidenciales y ministros en al menos 12 países, incluido Brasil.

Cientos de trabajadores gubernamentales de bajo nivel de toda la región también han sido implicados en el escándalo por aceptar sobornos a cambio de silencio sobre el asunto.

Los medios de comunicación nos harán creer que si los implicados en el esquema son simplemente eliminados, el problema será resuelto. Relegan el problema de la corrupción de Odebrecht a un nivel individual en lugar de analizarlo desde un nivel sistémico más amplio.

La realidad es, sin embargo, que el esquema de corrupción habría continuado desquiciado si fuera llevado a cabo por personas diferentes a las actualmente implicadas.

Cuando Emilio, el hijo de Norberto, tomó las riendas de la empresa familiar en 1991, enfrentó problemas financieros crecientes como el aumento de los rechazos de contratos y el aumento de la competencia. Para mantener la riqueza y el estatus de Odebrecht, Emilio y su hijo Marcelo comenzaron a “empujar” a los políticos de toda la región para asegurar las ganancias necesarias para alimentar su imperio de construcción e ingeniería.

Esto significaba que los funcionarios de nivel inferior dentro de la empresa se vieron obligados a cumplir con el esquema de soborno con el fin de mantener sus trabajos. También significó que tanto los políticos como los aspirantes a la política pudieron recibir millones de dólares para sus campañas, lo que les permitió asegurar más fácilmente sus posiciones de poder.

El escándalo de Odebrecht comenzó no porque estos individuos específicos se despertaron un día y al azar decidieron violar la ley por pura malicia. Comenzó porque las élites vieron sus ganancias y su poder en riesgo y decidieron violar la ley para mantener sus propios intereses materiales.

Por lo tanto, sus propios intereses materiales dieron a luz a sus ideas corruptas y no al revés. Esto se llama una comprensión materialista de la realidad.

Este escenario, no es exclusivo de Odebrecht ni de Brasil, se desarrolla en la mayoría de los países de América Latina donde el capitalismo es el sistema económico dominante.

En esos países, si usted es un trabajador que no puede obtener ganancias para su empleador, no durará mucho. Mientras tanto, los empresarios adinerados y los políticos de derecha se intoxican con el impulso de las ganancias y el poder, y los mueven con el fin de acumular más, sin importar las consecuencias.

Este es un axioma del capitalismo. Y mientras el capitalismo siga siendo el sistema económico dominante en América Latina seguirán desarrollándose esquemas como el de Odebrecht.

Ultimadamente, la corrupción es una inevitabilidad inevitable del capitalismo.

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